sábado, 2 de enero de 2010

Cultura: Lecturas infantiles subversivas

La literatura infantil a menudo sirve para canalizar las buenas intenciones de los adultos sin cumplir el deseo de niños y niñas de oír y paladear historias. Pero algunos libros como ‘Madre chillona’ o ‘Fernando Furioso’ muestran un enfoque distinto de las historias para los locos bajitos.


Literatura infantil y pedagogía son dos términos que han estado unidos desde la creación de una literatura específica para los niños. El comienzo de este género suele situarse con la publicación de Perrault de Historias y cuentos de tiempos pasados con moraleja (1697). Se pretende con ella crear una literatura que no sólo entretenga a los niños si no que además los eduque en ciertos valores morales.


La situación no ha cambiado demasiado. En nuestro país, el mayor cliente de la literatura infantil sigue siendo la escuela. Esto no hace sino acrecentar la demanda de unos libros que sirvan a los maestros para poder cumplir con esa parte de la programación a la que suele llamarse ‘educación en valores’. Estos textos tienen en muchos casos una dudosa calidad literaria ya que no parten de una genuina vocación de contar una historia sino que su preocupación principal es transmitir un mensaje.


Hay un gran número de padres y profesores empeñados en proveer a los niños de textos que puedan dejarles una enseñanza moral, de forma más o menos explícita, con el convencimiento de que esto cambiará sus actitudes antisociales. La confianza que tienen en el poder de la literatura no deja de ser sorprenderte. Ojalá educáramos sociedades enteras a base de cuentos, pero la cosa no es tan sencilla. Principalmente porque este enfoque olvida la multiplicidad de significados que los textos tienen para cada lector. Si estos adultos escucharan verdaderamente lo que piensan los niños de cada cuento, descubrirían múltiples interpretaciones, en muchos casos contrarias a lo que se pretendía enseñar. Aunque todo esto daría para un debate extenso, lo que parece claro es que tanta insistencia en educar no hace sino alejar a los lectores de la lectura.


Piensen si no en cuántos de nosotros seguiríamos leyendo si las novelas trataran de convencernos constantemente de ser mejores trabajadores, de obedecer más a nuestro jefe y ser siempre más solidarios.


Como decía una niña de siete años en una ocasión hablando sobre si la lectura de Pedro y el lobo les había hecho no mentir más: “Si un lobo de verdad se comiera a un niño, pues a lo mejor no mentíamos más, pero un lobo en un libro...”.


Por suerte, también hay libros con una genuina vocación de contar una historia. Historias de esas que nos atrapan, nos fascinan, nos emocionan... y de las que quizás aprendamos algo, pero de forma casual e inesperada. Hay un tipo de textos que va más allá. En ellos nos encontramos con escritores y editores que no han olvidado su infancia y son capaces de posicionarse en el lugar del niño. Son textos que podríamos denominar ‘subversivos’ y que tienen en común que presentan una mirada crítica frente al mundo y cuestionan la sociedad en la que vivimos. El mundo de la infancia deja así de ser un lugar idílico y muestra lados más oscuros e inquietantes, donde todos los conflictos no siempre terminan felizmente resueltos.


Un ejemplo de esto es el pequeño Fernando, cuya furia no se detiene con las reprimendas familiares y termina provocando un terremoto universal. Además los personajes infantiles se muestran rebeldes, traviesos y no aceptan la autoridad de los adultos. A veces son incontrolables y otras tienen una creatividad que arrastra a los adultos a lugares insospechados.


Así la familia de Esto no puede ser ve cómo la fuerza y la habilidad de su hija pequeña los hace subir a un barco construido por ella para emprender una vida nueva. Los adultos, por su parte, aparecen impotentes e imperfectos y revelan la hipocresía que caracteriza muchos comportamientos sociales. El libro de las mentiras ilustradas cuenta las formas en las que engañamos a los niños mientras a su vez les decimos que no deben mentir.


El punto de vista infantil sirve al autor para tener una mirada crítica con los adultos que rodean a los niños: padres, profesores... y dejan al descubierto el conflicto de poder que existe en el mundo de los adultos.


Aun así, los textos no siempre se caracterizan por tener un tono de denuncia. Por el contrario, las críticas se esconden detrás de la ironía, el humor, el absurdo. Incluso, la estructura cambia para sorprender nuestras expectativas como lectores tanto en las vueltas que da la narración como en los finales, que no siempre resuelven los conflictos. Una pregunta abierta al lector, una madre que dice ‘perdón’ o un sonoro pedo son algunas de las formas en que pueden terminar estos libros.


Esta ruptura de las expectativas en la mayoría de los casos fascina a los lectores. Los niños saben reconocer lo lúdico y lo transgresor del texto y reclaman su lectura una y otra vez.


Si la preocupación de los adultos mediadores (padres, maestros, escritores, editores...) se centrara en que a los niños les guste leer, deberían escuchar con atención lo que ellos tienen para decir. Así confiarían más en la capacidad de los lectores para interpretar textos y entender sus múltiples significados. Si pudieran no perder de vista que los efectos de la literatura, tanto los peligrosos como los más loables, son siempre tan imprevisibles como relativos, quizá podrían centrarse más en lo que es irrenunciable: el placer que siempre debe producir la lectura.


Estrella Escriña. Periódico Diagonal



sábado, 19 de diciembre de 2009

Resumen Cumbre del Clima. Copenhague


NR. Dedicado a mi amigo Vicente M.
Fuente: Vergara. Público

domingo, 29 de noviembre de 2009

Libro


El Atlas Geopolítico 2010
Ed. Akal
(Le Monde Diplomatique en español)

NR. De venta en quioscos

jueves, 26 de noviembre de 2009

Elogio del aburrimiento

El capitalismo prohíbe básicamente dos cosas. Una es el regalo. La otra el aburrimiento.

Cuenta Sor Juana Inés de la Cruz, la gran poetisa, monja y feminista mexicana del siglo XVII, que en una ocasión la abadesa del convento de los Jerónimos, a cuya regla estaba sometida, le prohibió leer y escribir y la mandó castigada a la cocina. Allí entre los fogones Juana Inés estudiaba y escribía con la mente; es decir, pensaba. Del huevo y de la manteca, del membrillo y del azúcar, mientras cortaba y amasaba y freía, sacaba una consideración, una reflexión, un hilo interminable de conjeturas, y esto hasta el punto de llegar a afirmar con desafiante ironía en su conocida carta a sor Filotea: “Si Aristóteles hubiera cocinado, habría pensado más y mejor”.

Si a Juana Inés, en lugar de a la cocina, la hubiesen mandado a Disneylandia, donde se hubiese aburrido menos, quizás habría dejado de leer, estudiar y pensar sin ninguna prohibición.

Contaba Rosa Chacel, una de las más grandes novelistas españolas del siglo XX, que en los años cincuenta, mientras redactaba su novela La Sinrazón, tenía la costumbre de pasar horas recostada en un sofá de su salón. La mujer de la limpieza, con la escoba en la mano, le dirigía siempre miradas entre compasivas y reprobatorias: “Si hiciera usted algo, no se aburriría tanto”. Pero es que Rosa Chacel hacía algo: estaba pensando; y hasta cambiar de postura podía distraerla de su introspección o devolverla dolorosamente a la superficie.

Si Rosa Chacel hubiese pasado horas y horas delante de la televisión, y no dentro de sí misma, jamás habría escrito ninguna de sus novelas.

Hay dos formas de impedir pensar a un ser humano: una obligarle a trabajar sin descanso; la otra, obligarle a divertirse sin interrupción. Hace falta estar muy aburrido, es verdad, para ponerse a leer; hace falta estar aburridísimo para ponerse a pensar. ¿Será bueno? ¿Será malo? El aburrimiento es la experiencia del tiempo desnudo, de la duración pastosa en la que se nos enredan las patas, del líquido viscoso en el que flotan los árboles, las casas, la mesa, nuestra silla, nuestra taza de leche. Todos los padres conocemos la angustia de un niño aburrido; todos los que fuimos niños -antes, al menos, de los videojuegos y la televisión- sabemos de la angustia de un niño aburrido pataleando en el ámbar espeso de una tarde que no acaba de morir. No hay nada más trágico que este descubrimiento del tiempo puro, pero quizás tampoco nada más formativo. Decía el poeta Leopardi que “el tedio es la quintaesencia de la sabiduría” y el antropólogo Levi-Strauss, recientemente fallecido, aseguraba haber escrito todos sus libros “contra el tedio mortal”. Uno no olvida jamás los lugares donde se ha aburrido, impresos en la memoria -con grietas y matices- como en el diario de campo de un naturalista. Uno no olvida jamás el ritmo de las cosas, la finitud de los cuerpos, la consistencia real de los cristales, si alguna vez se ha aburrido. “Amo de mi ser las horas oscuras”, decía Rainer María Rilke, porque las oscuras son no sólo la medida de las claras sino la pauta narrativa de unas y de otras. El aburrimiento, sí, es el espinazo de los cuentos, el aura de los descubrimientos, el gancho de toda atención, hacia fuera y hacia dentro.

El capitalismo prohíbe las horas oscuras y para eso tiene que incendiar el mundo. El capitalismo prohíbe el aburrimiento y para eso tiene que impedir al mismo tiempo la soledad y la compañía ¡Ni un solo minuto en la propia cabeza! ¡Ni un solo minuto en el mundo! ¿Dónde entonces? ¿Qué es lo que queda? El mercado; es decir, esa franja mesopotámica abierta entre la mente y las cosas, ancha y ajena, donde la televisión está siempre encendida, donde la música está siempre sonando, donde las luces siempre destellan, donde las vitrinas están siempre llenas, donde los teléfonos celulares están siempre llamando, donde incluso las pausas, las transiciones, las esperas, nos proporcionan siempre una emoción nueva. El capitalismo lo tolera todo, menos el aburrimiento. Tolera el crimen, la mentira, la corrupción, la frivolidad, la crueldad, pero no el tedio. Berlusconi nos hace reír, las decapitaciones en directo son entretenidas, la mafia es emocionante. ¿Cuál era el peor defecto de la URRS, lo que los europeos nunca pudimos perdonarle, lo que nos convenció realmente de su fracaso? Que era un país muy aburrido.

Eso que el filósofo Stiegler ha llamado la “proletarización del tiempo libre”, es decir, la expropiación no sólo de nuestros medios de producción sino también de nuestros instrumentos de placer y conocimiento, representa el mayor negocio del planeta. El sector de los video-juegos, por ejemplo, mueve 1.400 millones de euros en España y 47.000 millones de dólares en todo el mundo; el llamado “ocio digital” más de 177.000 millones de euros; la “industria del entretenimiento” en general -televisión, cine, música, revistas, parques temáticos, internet, etc- suma ya 2 billones de dólares anuales. “Divertir” quiere decir: separar, arrastrar lejos, llevar en otra dirección. Nos divierten. “Distraer” quiere decir: dirigir hacia otra parte, desviar, hacer caer en otro lugar. Nos distraen. “Entretener” quiere decir: mantener ocupado a alguien en un hueco donde no hay nada para que nunca llegue a su destino. Nos entretienen. ¿Qué nos roban? El tiempo mismo, que es lo que da valor a todos los productos, mentales o materiales.

El capitalismo y su industria del entretenimiento construyen todo lo contrario de una cultura del ocio. En griego, ocio se decía “skhole”, de donde viene la palabra “escuela”. El proceso es más bien el inverso, pues la escuela misma -la cocina del pensamiento, el fogón del tiempo, donde Juana Inés y Rosa Chacel horneaban sus obras- ha claudicado a la lógica del entretenimiento. Ahora no se trata de comprender o de conocer sino de conseguir que, en cualquier caso, la escuela y la universidad no sean menos divertidas que la televisión, los vídeo-juegos y Disneylandia. ¿Los alumnos estarán más atentos si los maestros utilizan pizarras electrónicas? ¿Aprenderán mejor inglés en internet con Marina Orlova, la escultural filóloga rusa en minifalda? ¿Sabrán más matemáticas o latín si acuden a la universidad de Bolonia atraídos no por sus programas y profesores sino por las cuatro modelos de cuerpos zigzagueantes contratadas para los carteles publicitarios? Lo que es seguro es que, con esta lógica, que es la del mercado, los profesores llevan todas las de perder: Aristóteles y la física cuántica nunca podrán rivalizar con Shakira y la última play-station.

Según una reciente encuesta, uno de cada veinte niños británicos están convencidos de que Hitler fue un entrenador de fútbol y uno de cada cinco creen que Auschwitz es un Parque Temático. Para muchos de ellos el Holocausto es el nombre de una fiesta.

Quizás deberíamos aburrirnos un poco más.

Santiago Alba Rico.
La Calle del Medio/Rebelión

sábado, 3 de octubre de 2009

Libro


Buena crisis
Hacia un mundo postmaterialista
Jordi Pigem
Icaria libros

Originalmente crisis era el momento crítico en el curso de una enfermedad y se hablaba de buena crisis cuando llevaba a la sanación del paciente.

La crisis económica es solo el síntoma más tangible de una crisis más profunda que se expresa en múltiples ámbitos. Se trata de una crisis sistémica, enraizada en nuestra forma obsoleta de entender el mundo.

Buena crisis muestra dónde estamos y cómo hemos llegado hasta aquí, y y presenta una alternativa realista, inteligente y audaz para guiarnos hacia una sociedad más sana, sabia y ecológica y hacia un mundo más lleno de sentido.

martes, 14 de julio de 2009

Imagen con reflexión breve


"Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala, es el silencio de la gente buena."
Mahatma Gandhi

NR. No tenemos más derecho que nadie pero si hemos tenido mucha más suerte que muchos. No olvidemos nuestra obligación moral de luchar por la justicia social y los derechos básicos de cualquier Ser Humano.

jueves, 2 de julio de 2009

Libro


Del campo al plato
Los circuitos de producción y distribución de alimentos
Xavier Montagut y Esther Vivas
Icaria Editorial

La alimentación no es hoy un derecho garantizado. El creciente monopolio del sector agroalimentario supedita la necesidad de comer al lucro económico. Unas pocas empresas transnacionales controlan cada uno de los tramos de la cadena alimentaria, desde la producción en origen pasando por la transformación hasta la distribución final, consiguiendo enormes beneficios gracias a un modelo agroindustrial liberalizado y desregularizado.

Se trata de un monopolio que les permite ejercer un fuerte control a la hora de determinar qué consumimos, a qué precio, de quién procede, cómo ha sido elaborado, a la vez que cuentan con el apoyo explícito de gobiernos e instituciones internacionales que anteponen los beneficios de estas empresas a las necesidades alimentarias de las personas y el respeto al medio ambiente. Esta concentración empresarial ejerce un impacto muy negativo en todos los actores que participan a lo largo de la cadena: campesinado, transformadores, proveedores, trabajadores, consumidores, etc.

La actual crisis alimentaria pone de relieve esta grave situación. Hoy, la cifra de hambrientos a escala mundial suma 925 millones de personas, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), 75 más que antes de que empezara la crisis. Paradójicamente, nunca en la historia se habían producido tantos alimentos como ahora. Por lo tanto, el problema no está en la producción de comida, sino en el acceso a la misma, debido a que amplias capas de la población, especialmente en los países del Sur, no pueden pagar los precios establecidos.

Pero no solo la comida se ha convertido en un bien al servicio del mejor postor, los recursos naturales que deben de garantizar la producción de alimentos, como el agua, las semillas, la tierra..., que durante siglos habían pertenecido a las comunidades, han sido expoliados y privatizados. Esto impide el libre acceso de los pueblos a la producción y al consumo de alimentos. El derecho a la alimentación está hoy en manos de las multinacionales de la industria agroalimentaria. Trabajar la tierra, plantar las semillas, acceder al agua, comer alimentos libres de transgénicos y sin pesticidas... no es hoy una opción al alcance de campesinos y consumidores.

En este contexto, es imprescindible reivindicar nuestro derecho a la soberanía alimentaria: que los pueblos puedan decidir sus políticas agrícolas y de alimentación, que puedan proteger y regular la producción y el comercio agrícola interior con el objetivo de conseguir un desarrollo sostenible y garantizar la seguridad alimentaria. Las políticas públicas tienen que promover una agricultura autóctona, sostenible, orgánica, libre de transgénicos y para aquellos productos que no se cultiven en el ámbito local utilizar instrumentos de comercio justo a escala internacional. Un cambio de paradigma en la producción, distribución y consumo de alimentos solo será posible en un marco más amplio de transformación política, económica y social y la creación de alianzas entre campesinos, trabajadores, mujeres, inmigrantes, jóvenes... es una condición indispensable para avanzar en esta dirección.

Con este libro queremos mostrar la cara oculta del sistema agroalimentario mundial, quienes son sus principales actores, las causas que nos han conducido a la situación de crisis alimentaria, el impacto del actual modelo de producción agrícola y consumo y señalar las alternativas planteadas desde distintos movimientos sociales.

Esta publicación cuenta con el testimonio de activistas, campesinos, investigadores y consumidores de todos los continentes, quienes a partir de su análisis y experiencia nos relatan el impacto de las políticas neoliberales en los circuitos de producción y comercialización de alimentos, ya sea en su país o a escala global, así como las luchas que llevan a cabo a favor de la soberanía alimentaria, el comercio justo y el consumo crítico.

Esperamos que este material sea útil para poner al descubierto la lógica de un sistema agroalimentario extremadamente depredador e injusto y que permita analizar las causas de la actual situación de inseguridad y crisis alimentaria. Así mismo, deseamos que este libro inspire y anime a la organización y a la acción política colectiva imprescindible para avanzar avanzar hacia ese “otro mundo posible” que preconizan los movimientos sociales.

Xavier Montagut es presidente de la Xarxa de Consum Solidari y coautor de Alimentos globalizados (Icaria editorial, 2006). Esther Vivas es coordinadora del área de sensibilización de la Xarxa de Consum Solidari y autora de En pie contra la deuda externa (El Viejo Topo, 2008).