sábado, 24 de abril de 2010

Libro


La situación del mundo, 2010
Cambio cultural. Del consumismo hacia la sostenibilidad
The Worldwatch Institute


Incluye: "Las claves ocultas de la sostenibilidad: trasformación cultural, conciencia de especie y poder social" de Víctor M. Toledo.

El consumismo ha irrumpido en las culturas humanas y en los ecosistemas de la Tierra como un auténtico tsunami. De no enfrentarnos a él, nos arriesgamos a una catástrofe mundial. Pero si somos capaces de encauzar esta ola, transformando nuestras culturas para que se centren en la sostenibilidad, no sólo evitaremos el desastre sino que marcaremos el comienzo de una era de la sostenibilidad, que traiga la prosperidad a todas las personas al tiempo que proteja e incluso recupere la Tierra. En el informe de este año de La Situación del Mundo más de 50 investigadores de renombre y experimentados describen cómo aprovechar las principales instituciones del mundo —educativas, medios de comunicación, empresas, gobiernos, tradiciones y movimientos sociales— para reorientar la cultura hacia la sostenibilidad.

"El informe La Situación del Mundo de este año es una carga de profundidad cultural de una potencia devastadora. Espero que haga despertar a muchas personas."
—Kalle Lasn, editor de la revista Adbusters.

sábado, 17 de abril de 2010

Libros Attac


¿Están en peligor las pensiones públicas?
Vicenç Navarro
Juan Torres
Alberto Garzón Espinosa

Attac

http://www.scribd.com/full/27739006?access_key=key-jydhk73u2fcds25mnm6

Las pensiones se encuentran en el centro del debate político en España. La propuesta del gobierno de retrasar a los 67 años la edad de jubilación ha sembrado la inquietud en una ciudadanía que se hace hoy muchas preguntas: ¿Cuáles son las verdaderas amenazas? ¿A quién interesa que las pensiones sean privadas? ¿Llevan razón quienes dicen que son inviables? ¿Qué conviene hacer para garantizar su futuro? En este libro se les da respuesta.

El libro es el primero de una serie que el Consejo Científico de ATTAC España va a ir publicando en temas sobre los que este movimiento social reflexiona y plantea propuestas. Se trata de textos originales redactados por los miembros del Consejo Científico que ceden gratuitamente a ATTAC para ayuda a reforzar su discurso de denuncia de una realidad compleja y cambiante, que los poderosos tratan siempre de maquilla para parecer menos villanos.


sábado, 13 de febrero de 2010

Libro


Resistencias globales
De Seattle a la crisis de Wall Street
Josep María Antentas y Esther Vivas

Editorial: Editorial Popular
Colección: Rompeolas

La “batalla de Seattle”, en noviembre de 1999, inauguró un periodo de auge del movimiento “antiglobalización”. Desde entonces, se han sucedido múltiples protestas en motivo de las cumbres internacionales del G8, el Banco Mundial, la Unión Europea, el G20... entre las que cabe destacar las masivas movilizaciones contra la guerra de los años 2003 y 2004. El estallido de la “gran crisis” en el 2008, con el hundimiento de Wall Street y la crisis financiera, abrió un nuevo escenario para las resistencias a la globalización. Una crisis que puso en evidencia la cara más destructiva del capitalismo global.

Con el presente libro queremos recorrer la “geopolítica de las resistencias” que ha venido trazando el movimiento “antiglobalización” a lo largo de estos años. Una obra que intenta ofrecer retrospectivamente una panorámica general y un testimonio de lo que ha sido esta década de resistencias globales posterior a Seattle así como de los retos que enfrentan los movimientos sociales ante la crisis contemporánea, haciendo balance del pasado inmediato para mirar hacia el futuro.

sábado, 2 de enero de 2010

Cultura: Lecturas infantiles subversivas

La literatura infantil a menudo sirve para canalizar las buenas intenciones de los adultos sin cumplir el deseo de niños y niñas de oír y paladear historias. Pero algunos libros como ‘Madre chillona’ o ‘Fernando Furioso’ muestran un enfoque distinto de las historias para los locos bajitos.


Literatura infantil y pedagogía son dos términos que han estado unidos desde la creación de una literatura específica para los niños. El comienzo de este género suele situarse con la publicación de Perrault de Historias y cuentos de tiempos pasados con moraleja (1697). Se pretende con ella crear una literatura que no sólo entretenga a los niños si no que además los eduque en ciertos valores morales.


La situación no ha cambiado demasiado. En nuestro país, el mayor cliente de la literatura infantil sigue siendo la escuela. Esto no hace sino acrecentar la demanda de unos libros que sirvan a los maestros para poder cumplir con esa parte de la programación a la que suele llamarse ‘educación en valores’. Estos textos tienen en muchos casos una dudosa calidad literaria ya que no parten de una genuina vocación de contar una historia sino que su preocupación principal es transmitir un mensaje.


Hay un gran número de padres y profesores empeñados en proveer a los niños de textos que puedan dejarles una enseñanza moral, de forma más o menos explícita, con el convencimiento de que esto cambiará sus actitudes antisociales. La confianza que tienen en el poder de la literatura no deja de ser sorprenderte. Ojalá educáramos sociedades enteras a base de cuentos, pero la cosa no es tan sencilla. Principalmente porque este enfoque olvida la multiplicidad de significados que los textos tienen para cada lector. Si estos adultos escucharan verdaderamente lo que piensan los niños de cada cuento, descubrirían múltiples interpretaciones, en muchos casos contrarias a lo que se pretendía enseñar. Aunque todo esto daría para un debate extenso, lo que parece claro es que tanta insistencia en educar no hace sino alejar a los lectores de la lectura.


Piensen si no en cuántos de nosotros seguiríamos leyendo si las novelas trataran de convencernos constantemente de ser mejores trabajadores, de obedecer más a nuestro jefe y ser siempre más solidarios.


Como decía una niña de siete años en una ocasión hablando sobre si la lectura de Pedro y el lobo les había hecho no mentir más: “Si un lobo de verdad se comiera a un niño, pues a lo mejor no mentíamos más, pero un lobo en un libro...”.


Por suerte, también hay libros con una genuina vocación de contar una historia. Historias de esas que nos atrapan, nos fascinan, nos emocionan... y de las que quizás aprendamos algo, pero de forma casual e inesperada. Hay un tipo de textos que va más allá. En ellos nos encontramos con escritores y editores que no han olvidado su infancia y son capaces de posicionarse en el lugar del niño. Son textos que podríamos denominar ‘subversivos’ y que tienen en común que presentan una mirada crítica frente al mundo y cuestionan la sociedad en la que vivimos. El mundo de la infancia deja así de ser un lugar idílico y muestra lados más oscuros e inquietantes, donde todos los conflictos no siempre terminan felizmente resueltos.


Un ejemplo de esto es el pequeño Fernando, cuya furia no se detiene con las reprimendas familiares y termina provocando un terremoto universal. Además los personajes infantiles se muestran rebeldes, traviesos y no aceptan la autoridad de los adultos. A veces son incontrolables y otras tienen una creatividad que arrastra a los adultos a lugares insospechados.


Así la familia de Esto no puede ser ve cómo la fuerza y la habilidad de su hija pequeña los hace subir a un barco construido por ella para emprender una vida nueva. Los adultos, por su parte, aparecen impotentes e imperfectos y revelan la hipocresía que caracteriza muchos comportamientos sociales. El libro de las mentiras ilustradas cuenta las formas en las que engañamos a los niños mientras a su vez les decimos que no deben mentir.


El punto de vista infantil sirve al autor para tener una mirada crítica con los adultos que rodean a los niños: padres, profesores... y dejan al descubierto el conflicto de poder que existe en el mundo de los adultos.


Aun así, los textos no siempre se caracterizan por tener un tono de denuncia. Por el contrario, las críticas se esconden detrás de la ironía, el humor, el absurdo. Incluso, la estructura cambia para sorprender nuestras expectativas como lectores tanto en las vueltas que da la narración como en los finales, que no siempre resuelven los conflictos. Una pregunta abierta al lector, una madre que dice ‘perdón’ o un sonoro pedo son algunas de las formas en que pueden terminar estos libros.


Esta ruptura de las expectativas en la mayoría de los casos fascina a los lectores. Los niños saben reconocer lo lúdico y lo transgresor del texto y reclaman su lectura una y otra vez.


Si la preocupación de los adultos mediadores (padres, maestros, escritores, editores...) se centrara en que a los niños les guste leer, deberían escuchar con atención lo que ellos tienen para decir. Así confiarían más en la capacidad de los lectores para interpretar textos y entender sus múltiples significados. Si pudieran no perder de vista que los efectos de la literatura, tanto los peligrosos como los más loables, son siempre tan imprevisibles como relativos, quizá podrían centrarse más en lo que es irrenunciable: el placer que siempre debe producir la lectura.


Estrella Escriña. Periódico Diagonal



sábado, 19 de diciembre de 2009

Resumen Cumbre del Clima. Copenhague


NR. Dedicado a mi amigo Vicente M.
Fuente: Vergara. Público

domingo, 29 de noviembre de 2009

Libro


El Atlas Geopolítico 2010
Ed. Akal
(Le Monde Diplomatique en español)

NR. De venta en quioscos

jueves, 26 de noviembre de 2009

Elogio del aburrimiento

El capitalismo prohíbe básicamente dos cosas. Una es el regalo. La otra el aburrimiento.

Cuenta Sor Juana Inés de la Cruz, la gran poetisa, monja y feminista mexicana del siglo XVII, que en una ocasión la abadesa del convento de los Jerónimos, a cuya regla estaba sometida, le prohibió leer y escribir y la mandó castigada a la cocina. Allí entre los fogones Juana Inés estudiaba y escribía con la mente; es decir, pensaba. Del huevo y de la manteca, del membrillo y del azúcar, mientras cortaba y amasaba y freía, sacaba una consideración, una reflexión, un hilo interminable de conjeturas, y esto hasta el punto de llegar a afirmar con desafiante ironía en su conocida carta a sor Filotea: “Si Aristóteles hubiera cocinado, habría pensado más y mejor”.

Si a Juana Inés, en lugar de a la cocina, la hubiesen mandado a Disneylandia, donde se hubiese aburrido menos, quizás habría dejado de leer, estudiar y pensar sin ninguna prohibición.

Contaba Rosa Chacel, una de las más grandes novelistas españolas del siglo XX, que en los años cincuenta, mientras redactaba su novela La Sinrazón, tenía la costumbre de pasar horas recostada en un sofá de su salón. La mujer de la limpieza, con la escoba en la mano, le dirigía siempre miradas entre compasivas y reprobatorias: “Si hiciera usted algo, no se aburriría tanto”. Pero es que Rosa Chacel hacía algo: estaba pensando; y hasta cambiar de postura podía distraerla de su introspección o devolverla dolorosamente a la superficie.

Si Rosa Chacel hubiese pasado horas y horas delante de la televisión, y no dentro de sí misma, jamás habría escrito ninguna de sus novelas.

Hay dos formas de impedir pensar a un ser humano: una obligarle a trabajar sin descanso; la otra, obligarle a divertirse sin interrupción. Hace falta estar muy aburrido, es verdad, para ponerse a leer; hace falta estar aburridísimo para ponerse a pensar. ¿Será bueno? ¿Será malo? El aburrimiento es la experiencia del tiempo desnudo, de la duración pastosa en la que se nos enredan las patas, del líquido viscoso en el que flotan los árboles, las casas, la mesa, nuestra silla, nuestra taza de leche. Todos los padres conocemos la angustia de un niño aburrido; todos los que fuimos niños -antes, al menos, de los videojuegos y la televisión- sabemos de la angustia de un niño aburrido pataleando en el ámbar espeso de una tarde que no acaba de morir. No hay nada más trágico que este descubrimiento del tiempo puro, pero quizás tampoco nada más formativo. Decía el poeta Leopardi que “el tedio es la quintaesencia de la sabiduría” y el antropólogo Levi-Strauss, recientemente fallecido, aseguraba haber escrito todos sus libros “contra el tedio mortal”. Uno no olvida jamás los lugares donde se ha aburrido, impresos en la memoria -con grietas y matices- como en el diario de campo de un naturalista. Uno no olvida jamás el ritmo de las cosas, la finitud de los cuerpos, la consistencia real de los cristales, si alguna vez se ha aburrido. “Amo de mi ser las horas oscuras”, decía Rainer María Rilke, porque las oscuras son no sólo la medida de las claras sino la pauta narrativa de unas y de otras. El aburrimiento, sí, es el espinazo de los cuentos, el aura de los descubrimientos, el gancho de toda atención, hacia fuera y hacia dentro.

El capitalismo prohíbe las horas oscuras y para eso tiene que incendiar el mundo. El capitalismo prohíbe el aburrimiento y para eso tiene que impedir al mismo tiempo la soledad y la compañía ¡Ni un solo minuto en la propia cabeza! ¡Ni un solo minuto en el mundo! ¿Dónde entonces? ¿Qué es lo que queda? El mercado; es decir, esa franja mesopotámica abierta entre la mente y las cosas, ancha y ajena, donde la televisión está siempre encendida, donde la música está siempre sonando, donde las luces siempre destellan, donde las vitrinas están siempre llenas, donde los teléfonos celulares están siempre llamando, donde incluso las pausas, las transiciones, las esperas, nos proporcionan siempre una emoción nueva. El capitalismo lo tolera todo, menos el aburrimiento. Tolera el crimen, la mentira, la corrupción, la frivolidad, la crueldad, pero no el tedio. Berlusconi nos hace reír, las decapitaciones en directo son entretenidas, la mafia es emocionante. ¿Cuál era el peor defecto de la URRS, lo que los europeos nunca pudimos perdonarle, lo que nos convenció realmente de su fracaso? Que era un país muy aburrido.

Eso que el filósofo Stiegler ha llamado la “proletarización del tiempo libre”, es decir, la expropiación no sólo de nuestros medios de producción sino también de nuestros instrumentos de placer y conocimiento, representa el mayor negocio del planeta. El sector de los video-juegos, por ejemplo, mueve 1.400 millones de euros en España y 47.000 millones de dólares en todo el mundo; el llamado “ocio digital” más de 177.000 millones de euros; la “industria del entretenimiento” en general -televisión, cine, música, revistas, parques temáticos, internet, etc- suma ya 2 billones de dólares anuales. “Divertir” quiere decir: separar, arrastrar lejos, llevar en otra dirección. Nos divierten. “Distraer” quiere decir: dirigir hacia otra parte, desviar, hacer caer en otro lugar. Nos distraen. “Entretener” quiere decir: mantener ocupado a alguien en un hueco donde no hay nada para que nunca llegue a su destino. Nos entretienen. ¿Qué nos roban? El tiempo mismo, que es lo que da valor a todos los productos, mentales o materiales.

El capitalismo y su industria del entretenimiento construyen todo lo contrario de una cultura del ocio. En griego, ocio se decía “skhole”, de donde viene la palabra “escuela”. El proceso es más bien el inverso, pues la escuela misma -la cocina del pensamiento, el fogón del tiempo, donde Juana Inés y Rosa Chacel horneaban sus obras- ha claudicado a la lógica del entretenimiento. Ahora no se trata de comprender o de conocer sino de conseguir que, en cualquier caso, la escuela y la universidad no sean menos divertidas que la televisión, los vídeo-juegos y Disneylandia. ¿Los alumnos estarán más atentos si los maestros utilizan pizarras electrónicas? ¿Aprenderán mejor inglés en internet con Marina Orlova, la escultural filóloga rusa en minifalda? ¿Sabrán más matemáticas o latín si acuden a la universidad de Bolonia atraídos no por sus programas y profesores sino por las cuatro modelos de cuerpos zigzagueantes contratadas para los carteles publicitarios? Lo que es seguro es que, con esta lógica, que es la del mercado, los profesores llevan todas las de perder: Aristóteles y la física cuántica nunca podrán rivalizar con Shakira y la última play-station.

Según una reciente encuesta, uno de cada veinte niños británicos están convencidos de que Hitler fue un entrenador de fútbol y uno de cada cinco creen que Auschwitz es un Parque Temático. Para muchos de ellos el Holocausto es el nombre de una fiesta.

Quizás deberíamos aburrirnos un poco más.

Santiago Alba Rico.
La Calle del Medio/Rebelión