Amartya Sen y Bernardo Kliksberg
Editorial Planeta, Buenos Aires, 2008
Las causas
Lo que pasó no tiene explicación en los textos de economía tradicional. Como lo señala el Premio Nobel de Economía Robert Stiglitz, el fundamentalismo de mercado ha muerto definitivamente como paradigma para explicar la realidad y para actuar sobre ella. No ha muerto desde el punto de vista de los intereses que lo defienden, pero sí en su validez explicativa.
Entre las causas centrales de la crisis se halla en primer lugar la desregulación salvaje de los mercados. La política pública dejó de proteger los intereses colectivos, desde el descenso del control en las patentes de medicamentos hasta desregular totalmente el mercado parafinanciero en Wall Street. Se alegó que era lo mejor que se podía hacer por la economía, para que las fuerzas del mercado actúen a plenitud total. Que había que suprimir los "estorbos" con que se trata de "interferir" el libre juego del mercado. El experimento ya se había hecho en la Argentina, en otra escala, pero en la misma dirección. Desestructuró la economía.
Segundo, se creó una situación de incentivos perversos, donde los actores principales de economías muy concentradas podían hacer lo que quisieran, ya que no había nadie que los regulara ni controlara.......
Los jefes
En tercer lugar, detrás de la crisis estuvo la conducta de los CEO de muchas de las grandes entidades del mundo parafinanciero norteamericano. El diario El País de España dice que actuaban como los "brahamanes" de la sociedad sin límites. Cuando el comité respectivo del Congreso de los Estados Unidos entrevistó al presidente de Lehman Brothers, su presidente Henry Waksman le preguntó cómo explicaba que habiendo llevado a la quiebra a una empresa de 168 años había cobrado en los últimos ocho años 500 millones de dólares y además se había cubierto en su contrato con una cláusula por la que si lo despedían debían pagarle más de 60 millones de dólares. "¡Esto no es juego limpio!", le resaltó. El premio Pulitzer de periodismo Nicholas Kristoff escribió un artículo en el The New York Times sobre el caso titulado "17.000 dólares por hora. Trabajo se ofrece. No se necesita ser exitoso". Ese era el ingreso de este CEO y de otros de sus colegas versus el sueldo mínimo de millones de trabajadores norteamericanos de 8,25 dólares por hora. Una distancia de 2000 a 1......
Las ideas
Una cuarta causal de la crisis fue netamente ideológica. La legitimación de la desregulación a ultranza desde el fundamentalismo de mercado. El Congreso interpeló a uno de los iconos de esas posturas, Alan Greenspan, durante 19 años presidente de la Reserva Federal. Le preguntó cómo explicaba la crisis. Con toda honestidad, respondió: "Estoy en estado de shock, de estupor. Creía que en un sistema de libre mercado las empresas iban a defender los intereses de sus inversores y accionistas, y eso no ocurrió". El diario The Los Angeles Times llamó a su actitud "el mea culpa de Greenspan" y comentó: "Los bancos no son edificios, son personas, las decisiones para comprar y vender billones de dólares de activos dudosos no fueron tomadas por bancos, sino por personas que trabajaban en ellos que buscaron su máximo provecho personal. No ver eso ha sido posible por ceguera ideológica". Greenspan ejemplarmente hizo el mea culpa, pero en la Argentina no hay signos de autocríticas semejantes, por parte de algunos de sus entusiastas discípulos.
Todas estas causas y otras llevaron a que el mundo esté registrando la mayor crisis económica de los últimos 80 años. Los vacíos éticos en las políticas públicas, en la conducta de actores centrales del mercado y la ceguera ideológica causaron lo que causaron....
El panorama
El año 2009 va a ser complicado para América latina. Cuenta a su favor con las buenas tasas de crecimiento de los últimos 5 años. Cuantos más bienes, mejor. También –y ello es muy importante– con el activo proceso democratizador en curso y la nueva generación de políticas públicas inclusivas, emprendidas vigorosamente por nuevos gobiernos de la región surgidos del impulso democratizador.
Pero los desafíos existentes son de gran magnitud. A fines del 2007 había 190 millones de pobres. Una mejora porcentual respecto de años anteriores, pero un 39 por ciento más en términos absolutos que en 1980, cuando eran 137 millones. Más de uno de cada tres latinoamericanos era pobre, 23.000 madres fallecían anualmente durante el embarazo o el parto por causas imputables a la pobreza y la falta de cobertura, 15 veces la tasa del Canadá. Treinta de cada 1000 niños morían antes de los 5 años por pobreza, frente a 3 en los países nórdicos. Uno de cada 4 jóvenes estaba fuera del sistema educativo y del mercado de trabajo.....
Las tareas
Frente a la crisis, América latina debería reforzar su compromiso con lo social y no reducirlo o ser indiferente frente a los considerables impactos sociales que está produciendo.
Las políticas públicas deben asumir plenamente sus responsabilidades. Así proyectan hacerlo en Estados Unidos de acuerdo con los anuncios de su presidente electo. Obama ha subrayado, entre otros aspectos, que una de las causas de la crisis fue el deterioro severo de la equidad. Indicó que cuando mejor funcionó la productividad en Estados Unidos fue cuando los trabajadores tenían una participación mayor en los ingresos y que ella se vio seriamente afectada en los últimos años.
Se requieren amplias concertaciones sociales entre esa política pública revigorizada, responsabilidad social de la empresa privada y movilización solidaria de la sociedad civil.
Nota de la redacción: Neoliberalismo salvaje, Afganistán, Iraq, Guantánamo, recorte de derechos civiles y un largo negro etc.... Desde aquí nuestro desprecio y repulsa ( a él y a su "equipo de gobierno y asesores") Hasta nunca a una de las peores calamidades de la historia reciente de la Humanidad.
Título original: Common Wealth: Economics for a Crowded Planet
Autor: Jeffrey Sachs
Editorial: Debate. Random House Mondadori
Año de publicación: 2008
Este es un libro surgido del compromiso de un autor, Jeffrey Sachs, que ha colaborado en el más alto nivel como economista en instituciones como Naciones Unidas, en el Proyecto del Milenio de la ONU. Un experto en macroeconomía que ha destilado sus reflexiones con un punto de ética que le ha permitido plantear una obra comprometida y llena de datos para facilitar la acción. Como él mismo reconoce, “la nuestra es la generación que puede lidiar con el acertijo de combinar el bienestar económico con la sostenibilidad medioambiental y resolverlo. La nuestra es la generación que puede aprovechar la ciencia y una nueva ética de la cooperación global para legar un planeta saludable a las generaciones futuras”.
Es cierto que los datos que se arremolinan en este tratado comparten un optimismo que a veces puede resultar utópico, pero en cualquier caso necesario. Porque, como expresó Robert Kennedy, “son los incontables actos de valor y de fe los que forjan la historia de la humanidad. Cada vez que un hombre se levanta para salir en defensa de una idea, o hace algo a favor del bienestar de los demás o actúa contra la injusticia, emite algo así como una pequeñísima vibración de esperanza, y todas estas vibraciones juntas, procedentes de millones de puntos distintos, nacidas de la energía y la bravura, se combinan para formar una corriente capaz de derribar la más gruesa de las murallas de la opresión y la resistencia”.
El libro en sí mismo se estructura en cinco partes, que abordan los retos de una nueva economía para el siglo XXI, la sostenibilidad ambiental, el reto demográfico, la prosperidad para todos y la resolución de global de los problemas. Los que piensan que el mundo ha llegado a los límites del crecimiento, quizás encuentren en esta obra un tono demasiado esperanzador para una sociedad que se resiste en su adicción por el consumo. Pero no es menos cierto que el autor se ha ilustrado para describir estos límites desde la lucidez de un análisis diáfano, una síntesis y un resumen de recomendaciones prácticas fundamentales para el futuro de la humanidad, como reconoce en el prólogo el biólogo Edward Wilson. Sucede a menudo que resumir o, mejor, animar a la lectura de un libro, requiere de una argumentación más sólida que convincente. Sin embargo, en esta ocasión creemos que el prólogo es en si mismo el mejor alegato que se puede escribir para incentivar su lectura. Por este motivo hemos seleccionado algunos de sus párrafos, ya que en sí mismos son también el mejor reconocimiento a la obra de Sachs.
Economía para un planeta abarrotado insta a los responsables de los 6.600 millones de habitantes de la Tierra a que miren las cifras. El mundo se ha transformado radicalmente en las últimas décadas, y todavía va a cambiar más y cada vez más rápido. Pese a todo lo que hemos conseguido mediante la ciencia y la tecnología (en realidad, a causa de ello), nos estamos quedando sin margen. Ha llegado el momento de comprender con precisión lo que está sucediendo. Las evidencias son rotundas: tenemos que diseñar de nuevo nuestra política social y económica antes de que destrocemos este planeta. Está en juego la única oportunidad que le queda a la humanidad de alcanzar un futuro definitivamente resplandeciente.
Como muestra con aleccionadora claridad la ingente cantidad de datos reunidos en Economía para un planeta abarrotado, hemos llegado a un punto en que resulta imperioso actuar. La humanidad ha consumido o transformado lo bastante los recursos irreemplazables de la Tierra para estar mejor que nunca. Somos lo bastante inteligentes y, confiaría uno, estamos ahora lo bastante bien informados para llegar a comprendernos a nosotros mismos como especie unificada. Si escogemos la senda del desarrollo sostenible, podemos asegurar nuestro progreso material al tiempo que evitaremos catástrofes que parecen ser cada vez más inminentes.
Así pues, observen las cifras de Economía para un planeta abarrotado, por favor. Extrapólenlas un poco. Todavía podemos enderezar el rumbo, pero no nos queda mucho tiempo para hacerlo. Nos comportaremos con la debida sensatez si nos vemos como una única especie y diseñamos estrategias más realistas y pragmáticas para abordar todos los problemas en su conjunto.
Creo que se prestará un buen servicio a la ciudadanía nacional y mundial si toda persona educada domina los gráficos de Economía para un planeta abarrotado y lee lo que Jeffrey Sachs tiene que decirnos acerca de cómo interpretar y aplicar la información que contienen. La aparición de este libro debería entenderse, además, como un poderoso argumento a favor de que en las escuelas se enseñe más ciencia y estadística. El tema es básico y universal. Trasciende todas nuestras diferencias religiosas y de ideología política.
Economía para un planeta abarrotado es un análisis que valora que “las condiciones ecológicas no van a mejorar, sino que empeorarán debido al rápido crecimiento económico en curso en la mayor parte del mundo; a menos que dicho crecimiento se encauce mediante políticas públicas activas hacia tecnologías que ahorren recursos (o sean sostenibles). La transición de unas tasas de fertilidad (natalidad) altas hacia otras más bajas, imprescindibles para reducir el crecimiento demográfico, exige acciones públicas concertadas que contribuyan a incentivar las decisiones personales y voluntarias en materia de fertilidad. Las fuerzas del mercado por sí solo no eliminarán las trampas de la pobreza. Y la incapacidad a la hora de resolver los problemas globales significa que estamos fracasando en la adopción de unas soluciones sencillas y sensatas que tenemos ante nuestros ojos”.
Dejemos, pues, que estos párrafos elocuentes sean la mejor síntesis de una obra que no decepciona, porque “la prosperidad global no tiene por qué verse limitada por unos recursos naturales menguantes; la economía mundial no tiene por qué convertirse en una lucha por la supervivencia entre nosotros y ellos. Si cooperamos con eficacia, estas nefastas amenazas pueden conjurarse”. Pero también está claro que para ser resolutivos en los retos que nos acechan hay que estar informados. Economía para un planeta abarrotado aporta esta información estructurada de forma lúcida e incluso asequible para quien no está familiarizado en los temas económicos. Porque, al fin y al cabo, éste es un libro para asumir el reto de un planeta que ha superado ya los límites ecológicos y que requiere de un estilo de vida basado en la simplicidad y adecuado a la biocapacidad planetaria y, para ello, debemos reducir el consumo y la demografía. De manera que, como expresó John Kennedy, “no nos ceguemos con nuestras diferencias, concentremos la atención por el contrario en nuestros intereses comunes y en los medios a través de los cuales se pueden resolver dichas diferencias”.
En cualquier caso, si bien uno puede ser crítico con algunas de las visiones de Sachs, éste nos señala con sensatez los medios para afrontar la crisis socioeconómica del siglo XXI. Por tanto, una lectura de gran valor para cambiar el rumbo colectivo hacia el abismo de la insensatez insostenible actual.
Como una improvisada princesa de los arrabales que hubiera abandonado por unas horas su palacio para comprobar los estragos de la pobreza en sus posesiones, la niña camina absorta sobre las pestilentes aguas de los suburbios de Puerto Príncipe, ante la indiferencia de los cerdos, ajenos al pequeño milagro que centellea junto a ellos. En todo caso, ante tanta miseria deberíamos hacer algo más que fotografiarla, comentarla y sacarla en los periódicos. Deberíamos hacer algo más, pero no sabemos qué. Alice Smeets.Público
Gente sin casas, casas sin gente; la economía crece, sonríen los numeritos, pero cuatro de cada diez murcianos son analfabetos funcionales, los títulos universitarios de master cuestan ocho veces más caros que en París o Berlín, el paro duplica el promedio español, los servicios de salud están en segundo lugar de abajo para arriba, o sea que son los casi peores, las zonas verdes consisten en unos cuantos bonsáis puestos en fila, hay cada vez menos agua y cada vez más canchas de golf, los parkings desplazan a los parques y las calles están ocupadas por los automóviles y prohibidas para los niños. Éstas son algunas de las muchas murcianías que en este libro cuentan veintidós murcianos que retratan, con dolor y con humor, su Murcia patas arriba.
En Londres, un estresado periodista económico de nombre Carl Honoré se dispone a leer un cuento a su hijo Benjamin antes de dormir. Es la clásica leyenda de príncipes y hadas. Interminable y aburrida para Carl, a quien espera la cena por terminar, las noticias de la tele y varios e-mails sin responder. Prueba a saltarse una página del libro, pero el pequeño de dos años le obliga a retroceder: “¡Papá, vas demasiado rápido!”. Carl recupera el pasaje perdido y mira a su hijo buscando alguna pista del tiempo que le queda para dormirse de una vez. Y así hasta que uno de los dos se agota. Esa noche le ha tocado al pequeño, que se duerme un minuto antes de que su padre pierda la paciencia. “Esto no puede seguir así”, piensa Carl, sintiéndose el hombre más egoísta del mundo, pero a la mañana siguiente tiene que coger un avión y va a contrarreloj. Razones de fuerza mayor.
Unos días después, Honoré hace tiempo en el aeropuerto de Roma para volver a casa. Rebuscando por las novedades de la librería da con un invento que le parece genial: ¡clásicos infantiles compactados en un minuto! “Uno que tiene el mismo problema que yo”, piensa, y se dispone a tirar de la tarjeta de crédito para traerse a casa el CD de Hans Christian Andersen comprimido para ejecutivos con hijos. Justo aquí, nuestro personaje sitúa el punto de no retorno de esta historia: “De repente pensé: ¡Dios mío, ¿en qué me estoy convirtiendo?”. La historia es real. Su protagonista, Carl Honoré, existe y sigue viviendo en Londres, pero hoy es conocido como un gurú antiprisa. Su libro Elogio de la lentitud (RBA, 2005) ha sido traducido a 25 idiomas y va por la sexta edición en España.
Todas las personas que hoy se confiesan defensores de la lentitud o incluso de la pereza, con posturas que oscilan entre la comprometida militancia y la sabia intuición, pueden identificar el punto de inflexión en que la propia aceleración de su ritmo de vida les hizo echar el freno y decir: “¡Hasta aquí hemos llegado!”.
Esta generación lleva a sus espaldas 150 años de velocidad frenética, que se iniciaron con la revolución industrial y han desembocado, por el momento, en el mundo acelerado que hoy disfrutamos, con Internet a la cabeza y aviones y coches supersónicos; pero también con engendros como el azucarillo de disolución ultrarrápida, para ejecutivos que no tienen tiempo de remover su café de la mañana, o la misa drive-through, una especie de funeral exprés al uso en Estados Unidos que consiste en colocar el ataúd a la entrada de la iglesia para que la gente pase en sus coches y desde allí tire una flor, se despida del difunto y salga pitando.
A día de hoy se esperaba que las máquinas hubiesen hecho mucho más por los hombres. “¿Os acordáis de cuando nos decían que los aparatos iban a trabajar por nosotros y que a finales del siglo XX la jornada laboral no pasaría de las 20 o las 25 horas semanales?”, pregunta a la audiencia John de Graaf, miembro de Take Back Your Time, una asociación estadounidense que convoca cada 24 de octubre el día de los relojes caídos. El auditorio de la conferencia asiente. “Pues aquí estamos, trabajando 200 horas más al año que en 1970”. Y es cierto. ¿Qué ha pasado con el tiempo que debía sobrar después de comprimirlo todo hasta la mínima fracción posible? En teoría debían quedarnos muchos minutos para nuestras cosas. Pero no ha sido así, el mundo de la velocidad ha disparado como nunca el consumo de ansiolíticos; la gente no sólo no dispone de más tiempo, sino que tiene la sensación de que no llega a nada y, sobre todo, de que no puede disfrutar de lo que ya ha conseguido porque continúa sin tener tiempo. Y time sigue siendo money.
Pero el personal empieza a rebelarse. El dato de las ventas del libro Elogio de la lentitud no es casual. Un éxito similar ha tenido en España otro ejemplar de nombre muy parecido, pero mucho más transgresor: Elogio de la pereza (Planeta, 2005). Su autor, Tom Hodgkinson, fundador de la revista The Idler (literalmente, El Vago), considera su obra “el manifiesto definitivo contra la enfermedad del trabajo”. A lo largo de sus casi 300 páginas da fórmulas para sacarle el cuerpo al trabajo, defiende el escaqueo como un arte que requiere la cooperación de los compañeros y suscribe la decisión del grupo anarquista Decadent Action de instaurar el lunes como “el día de llamar al trabajo y decir ‘estoy enfermo”. En Austria triunfa la Sociedad por la Desaceleración del Tiempo, que busca la piedra filosofal, el eigenzeit (el propio tiempo); en Japón, el Sloth Club con su eslogan Lo lento es bello; en Estados Unidos, Take Back Your Time aspira a convertirse en una plataforma social de activistas del tiempo. Asiáticos y anglosajones miran de reojo y con envidia la vida mediterránea: la España de la siesta, la Italia de la dolce vita. Puros mitos para turistas. Italia, harta de la tiranía de la velocidad, lidera el movimiento Slow Food en el mundo. En Grecia, según los datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), se trabaja aún más que en Estados Unidos. Y en España somos los últimos en echar el cierre en las oficinas, al filo de las nueve de la noche. Trabajamos unas 1.807 horas al año. Aun así, de momento conservamos como oro en paño los quince minutos del aperitivo y la hora y media o dos de las comidas. Un hábito que, según se mire, puede ser un arma de doble filo en la conquista del tiempo.
Todas estas filosofías, movimientos o asociaciones tienen en común una nueva escala de valores que podría resumirse en tres puntos: trabajar para vivir y no vivir para trabajar; disfrutar el presente y sacar tiempo para aprovechar lo que tenemos, y quitar el pie del acelerador e ir más despacio. Unos preceptos que pueden sonar muy sensatos, pero que tienen que luchar contra el descrédito que supone la lentitud en la era del kilobyte por segundo. Ser lento es ser un perdedor, carente de iniciativa, un torpe. ¿O no? Algo se está moviendo para que hasta el marketing esté apostando por la pachorra. Ahí tenemos ese eslogan de los calzados Camper, Camina, no corras, o la campaña de los helados Häagen-Dazs en el Reino Unido: el anuncio en cuestión anima a sacar el bote de la nevera y esperar 12 minutos antes de meter la cuchara. Entonces, y sólo entonces, habrá alcanzado el punto perfecto de suavidad y placer. El nuevo Volkswagen Beetle se vende en Japón con un reclamo en inglés: “Go slow”. Orange, la empresa de telefonía recién estrenada en España, ha basado su campaña británica de este año en la idea de que las cosas buenas de la vida, como jugar con los hijos o enamorarse, pasan cuando el teléfono está desconectado.
Palafrugell es un pueblo de la Costa Brava donde recala los fines de semana la gente que sale huyendo del tumulto urbanita de Barcelona. Allí se vive un poco más despacio, aunque sigue habiendo mucho coche, a criterio de algunos vecinos. Es una de las cuatro ciudades españolas que aspiran a la marca Cittá Slow; las otras son Pals y Begur, también en la Costa Brava, y Mungia, en Vizcaya. Cittá Slow es una red de ciudades que apuesta por desacelerar, reducir al mínimo la presencia de coches, recuperar la calle para el ciudadano y hacer la vida más fácil. Bra, una pequeña ciudad italiana, es el búnker de la corriente, pero ya hay más de 60 cittá slow en el mundo, y otras tantas están pujando por entrar.
Uno de los requisitos indispensables es tener menos de 55.000 habitantes. Además, las aspirantes deben hacer una apuesta fuerte por el pequeño comercio, la agricultura sostenible y las tradiciones locales. Deben contar con un sistema eficiente de depuración de aguas y una recogida diferenciada de basura. Pero lo más difícil, y es condición indispensable para plantar la bandera de Cittá Slow, es poner freno a la desmedida ambición urbanística que campa en todas partes. En Palafrugell esperan la visita de la comisión italiana que decidirá si dan la talla. ¿Los puntos débiles? “No se nos da del todo bien lo del reciclaje de residuos y falta implicación popular, pero no queremos quemar a la gente antes de tiempo”, explica Joan Aliu, concejal de Turismo, que cree que si consiguen la marca Cittá Slow tendrán más fuerza para animar a los vecinos. Aliu también reconoce una fuerte presión urbanística que habrá que parar. “Es un pueblo de costa donde no deja de crecer la venta de segundas residencias; lo mismo pasaba en Abbiategrasso, que está al lado de Milán, y allí han conseguido una ciudad tranquila”, explica animado. Abbiategrasso es una cittá slow italiana donde llegó Aliu en una autocaravana para comprobar las bondades del movimiento antes de importar la moda a la Costa Brava. Pero la norma en Palafrugell es clara: el litoral no se toca, caiga quien caiga. ¿Realmente es Palafrugell un remanso de paz y lentitud? Carmen es alicantina, pero ha vivido ocho años en el pueblo, y aunque dice que ella se siente “agobiada por los coches como en cualquier sitio”, reconoce que se cuidan algunas cosas. “En verano te daban una bolsa de tela en la panadería que llevabas cada día para no usar las de plástico. En la pescadería te dan puntos si llevas el aceite usado para reciclar; luego, con esos puntos te puedes llevar un carro de la compra. La gente lleva su capazo al mercado de frutas y verduras. A su niña de ocho años le enseñan en el colegio a reciclar el envoltorio del bocadillo”. En el pueblo esperan el veredicto de la comisión. “Antes eran muy estrictos, la selección la validaba una empresa; pero ahora lo importante es que vayas por el buen camino”. El concejal cree que “hay voluntad” para que los cuatro municipios españoles consigan la marca Cittá Slow. “Ellos saben qué somos y qué no somos”.
Mozambique // Los hermanos Paulino y Laura forman una peculiar sociedad en comandita. Objeto social: echar peonadas. Bienes de equipo: una azada y dos envases de plástico. Bienes de consumo duradero: un paraguas, cuatro platos, seis vasos, dos cucharas y dos esteras. Bienes inmuebles: una choza. Cash flow: cero. Proyectos societarios a corto plazo: comer una vez al día. A medio plazo: Paulino, seguir en la escuela; Laura, volver a ella. A largo plazo: no morir de hambre.
Imagen: Unicef Comentario: Antonio Avendaño. Público Nota de la redacción de Attac Murcia: Dedicado al G-20
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